Atravesamos un bosque de pinos. ¿Qué oculta?

Osos, jabalíes, ardillas, ciervos… ¡Qué sé yo!

El Sol abriga lo que el viento desnuda…

 

Carreteras serpenteadas bajo la amenaza

de volubles imponentes rocas rojizas;

se asienta el hierro oxidado en sus terrazas

a tomar el sol,

a tomar

la lluvia,

a tomar el sol,

a tomar el frío,

Sol,

curva fría,

sombra,

curva cálida,

izquierda, derecha, izquierda, derecha, curva, bache, etc.

Y entonces aparece Sedona atemporal,

triunfal anuncia

los preliminares con sus vórtices, sus gemas,

su misterio, su belleza natural;

alegre escucha

los sonidos de su tierra; al turista embelesa,

y cautivado se prenda

de sus montes caprichosos y su cavidad

ancestral.

 

Y entonces, por aire o tierra,

nos absorbe hacia su abismo un gran

cañón de colores,

con un río colorado,

¡Serpentea! ¡Serrea!

Altibajos de aire y tierra. Nos absorbe

en su gran inmensidad,

de colores

y sonidos que flotan en un olvido

que viene y va con su ruido,

ruido carmín y estrellado, y con azúcar helada.

¡Serpentea, peligrosa majestad!

El alma del viajero se arrodilla

ante tal regalo del Gran Escultor.

 

Cae la noche en las montañas,

manto denso inundado de diamantes

que cuentan historias romanas

mientras algún astro-amante

descubre un nuevo Plutón.

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Isabel Sánchez H.

"Cazadora de un resplandor etéreo. Vuela."