Todo empieza y acaba entre las amplias alas

que conectan mi ayer, mi hoy y mi mañana;

me recoge, me eleva y en tierra se posa

y aunque los rostros cambian, mi mente curiosa

se adentra en la imponente y cretácica Dallas.

 

Vasta y alta, sus rascacielos iluminan

los puentes de Calatrava y los platinan.

Su centro es una historia varia y comprimida,

como sus seis banderas pregonan reunidas

en la cima de vertiginosas colinas.

 

Un acuario de agua seca inunda una parte;

una guitarra eléctrica da al visitante

alimento. Una cabañita sobrevive

al paso del progreso y a él se circunscribe.

 

Recuerdo el cantar de unos casquillos humeantes

contra innocuas siluetas de papel perforado.

Aún no me he encontrado con las huellas de los Caddo,

ni con las del dalasauro que pisó antes.

 

En el asfalto una equis y un memorial alzado

conmemoran la tragedia de un dirigente

alcanzado por la bala que acabó con él.

 

Galopan los vaqueros del balónen tropel.

Levanto la vista ante el Viejo Museo Rojo

y otro museo , de arte, abre sus ojos

a Goya y a otros conquistadores del pincel.

 

Y entre viaje y viaje, visita y visita,

entre los árboles, lagos y galerías…

Dallas me viste de encaje y organza,

con apliques marfil y con cola monarca

y un corazón níveo en mi pecho palpita. 

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Isabel Sánchez H.

"Cazadora de un resplandor etéreo. Vuela."